Su personalidad inquieta y su instinto reporteril han hecho de Eduardo un huariquero consumado, pues su avidez por disfrutar lo nuevo hacen que se mueva por los más impensados lugares, que cruce a cuatro ruedas o a dos, media ciudad y a veces más para complacer a sus sentidos y a su curiosidad. Una curiosidad que trasciende la experiencia del disfrute, y que muestra a través de crónicas, la historia de los artífices de aquellos platos que recomienda con devoción. Sabe muy bien Eduardo que la sazón se forja con la experiencia, y que quienes regentan los huariques poseen una sabiduría incomprendida que era necesario documentar.